No sé por qué no hay más restaurantes vietnamitas. El año pasado estuve allí, y tuve un flechazo con su gastronomía. Su comida es intensa, como si le subieras la saturación a los sabores. Delicioso. Y lo mejor, que daba igual el caché del establecimiento, el nivel era el mismo en un crucero que en una tasca con taburetes de plástico. Se nota que para los vietnamitas la comida es un pilar fundamental en su día a día.
Permitidme haceros un pequeño tour a través de mis ojos.
Andar por Hanoi es ir esquivando el caos de motos, peatones, bicis y tuk tuks. Desde fuera parece que todo va muy rápido y que es casi imposible penetrar el caudal del tráfico. Pero una vez dentro, todo se ralentiza. Te das cuenta de que la clave está en ir “sin prisa pero sin pausa”. No vale parar, o una moto te atropellará. Es un pequeño chute de adrenalina gratis e inofensivo.
La Bahia de Ha Long es un paisaje de película. Navegas por un mar de color esmeralda, salpicado de pequeñas montañas que parecen los dedos de una mano que intentan alcanzar el cielo. Es un paisaje que te deja sin palabras.
Los templos y palacios son edificios de tejados a cuatro aguas de tejas de cerámica de color verde o amarillo, con grandes columnas rojas con grabados en dorado, con los ornamentos típicos de oriente, con estatuas de dragones por todas partes. Y en los jardines había piscinas con carpas, bonsáis y flores.
Y Hoi An es para mí la joya del país. Una ciudad preciosa, más pequeña y tranquila que Hanoi. Las calles están flanqueadas por bares, cafeterías, y tiendas de souvenirs que tienen en las fachadas multitud de farolillos de seda, que de noche se iluminan e inundan la ciudad de colores. En el río que atraviesa el centro flotan barquitas con turistas que también tienen farolillos de colores, y la escena evoca a una película Disney.
Otro encanto de Vietnam son sus precios, que hacen que te sientas millonario. Que te reciban en un crucero con toallas húmedas calientes para lavarte las manos, un menú de seis platos donde te pelan el marisco, masaje día sí y día también. ¿Es esta la vida que merezco? Aparentemente en Vietnam sí.
Y para terminar, no quiero olvidar el vestido tradicional vietnamita. Es un vestido de manga larga, ajustado en la parte del pecho y la cintura, y la falda tiene dos aberturas que suben hasta la altura de la cadera. Aunque parezca muy tapado, es muy sensual porque es ceñido y favorecedor a la figura femenina. Me gustó que, aunque la mayoría de mujeres llevan ropa «normal”, hay muchas señoras mayores que todavía lo llevan.
Y con este recuerdo me despido hoy, hasta el próximo domingo.

