Yo no sé si es verdad eso de que San Valentín es un invento del Corte Inglés, pero para que este blog llegue a algo yo tengo que ir al son del algoritmo. De hecho me estoy saltando el calendario de publicaciones, porque San Valentín cae en sábado, no en domingo. Pero espero que me lo podáis perdonar.
Así que esta semana os voy a contar lo que me gusta de vivir en pareja. Llevo casi 3 años viviendo con J., y me siento muy feliz por ello. Siento que en este tiempo hemos conseguido que un piso de alquiler se convierta en un hogar. En nuestro hogar.
Para mí el mejor momento de los días hábiles es cenar juntos mientras vemos nuestra serie, repanchingados en el sofá. Porque ese es el instante en el que mi cerebro recibe la señal de desconexión. Como es un ritual de todos los días, mi mente sabe instintivamente que por fin ha llegado el momento del merecido descanso.
Evidentemente la convivencia en pareja tiene sus dificultades, como que cada uno tiene sus propios estándares de calidad de orden, limpieza, y conservación de los alimentos. O cuando los gustos en decoración no coinciden. O cuando no nos ponemos de acuerdo en cuándo ir al pueblo y cuándo quedarnos en Sevilla. Sé que son tópicos pero es que es la realidad.
Pero merece la pena. Merece la pena por lo que me río con nuestras bromas internas, que me proporcionan la dosis diaria de risa recomendada. El darnos las buenas noches y los buenos días. El llegar a casa, y que me reciba con nuestro saludo especial y con un abrazo. El ser cómplices el uno del otro de pedir una pizza un día entresemana. Que sea la persona con la que puedes ventear sobre lo que te irrita del trabajo, con la que puedes cotillear y juzgar a la gente. Sí, porque delante de tu pareja no tienes que ser políticamente correcto y puedes expresar abiertamente tu odio a los [inserte grupo social de su elección].
Entrando en materia más personal, otra cosa que me gusta de vivir en pareja es lo bien que me cocina J. Me tiene malcriada. Ahora mismo, mientras escribo esto, me está preparando pescaito frito vegano. Lo probamos en un bar hace unos meses, casi lloro al recordar el sabor del cazón en adobo, y ha encontrado la forma de replicarlo en casa. Cómo no le voy a querer.
O como cuando el año pasado por San Valentín se escabulló de casa para ir a comprarme un ramo de flores. No me he sentido más heterobásica en mi vida pero yo con ese gesto me derretí entera.
Soy una chica con suerte.
Espero que paséis un feliz San Valentín rodeados de gente a la que queráis y que os quieran bien. Hasta el próximo domingo.
Foto de Michael Fenton en Unsplash

